Hernán en tres destellos

Por Masaya Llavaneras Blanco

Hernán pasó como un cohete, haciendo ruido y dejando colores. Radiante de carcajadas y con mucho qué contar en los ojos. Así, luminoso,  pasó por mi vida en tres ocasiones, unas más largas que otras.

Recuerdo la primera. Yo era pequeña, quizás de unos cinco o seis años. Escucho de mis adultos que conoceré a Hernán, el gran amigo de mi papá que venía de un lugar llamado El Salvador. Me acuerdo de haberme hecho la pregunta (o quizás se la hice a mis padres, no recuerdo), de si él era “su mejor amigo”, después de todo esa es una posición de honor para cualquier niña de cinco, o al menos , para la niña que fui yo. Recuerdo que mi mamá me dijo que me iba a parecer rara la forma en que se veía, que no me fuera a impresionar. Fue un encuentro breve. Me cayó bien, me quedó clara su voz, su forma tan sabrosa de reírse. También me quedé con la idea de que la cara que tenía era rara, pero no tan rara.

La segunda pasada de Hernán por mi vida ocurrió unos doce años más tarde. Estaba en mis primeros años de carrera en la universidad y buscaba con anhelo rocas para rehacer el fuego y jugar a transformarlo todo. Quería respirar América Latina y la buscaba, paradójico o no, desde Canadá, entre muchos libros. Entre ellos encontré uno de relatos de la guerra en El Salvador, y allí estaba el querido Hernán, el comandante “Maravilla” del que tanto había oído. Así aprendí del por qué de “Maravilla” y de cómo es que Hernán decidió seguir de Nicaragua a El Salvador en los 80s para luego formar parte fundamental de Radio Venceremos.

El tercer y largo destello ocurrió un par de años más tarde. Ya yo tenía 21 años y habí llegado a vivir a México. Vivía con mi novio y un par de amigos entrañables en una casita de madera en un callejoncito muy humilde entre calles ostentosas. El D.F. nos mostraba los dientes, unas veces con sonrisa seductora y otras veces con muecas temibles. Yo estaba empiyamada, superando la fiebre de una gripe dura y decidiendo aún si era más mueca que otra cosa la del D.F.. Sonó el teléfono en el momento en que empezaba a contar los centavos y me preguntaba si seguía siendo buena idea la aventura de vivir en México. Atendí. Una voz que me suena familiar pero lejana pregunta por mí. Tenía algo de acento mexicano. “Si, soy yo”, respondo.

“Hola Masaya, soy Hernán. Tu papá me dice que estás en México, te llamo para proponerte que vengas a vivir conmigo”.

Yo no atino a salir de mi asombro cuando añade: “Además sé que estás aquí con tu novio, quiero que se vengan los dos. ¿Por qué no me visitan mañana para que pueda convencerlos?”.

Al día siguiente el querido Hernán nos mostró su bella casa, nos puso su música favorita y en cuestión de minutos ya era un acuerdo, nos mudaríamos a su casa por el resto de nuestra estadía en México. Con Hernán aprendimos que uno puede reírse viendo los noticieros, que hay que dejarse querer, que México es una belleza y que la vida es una sola, que hay vivirla con todo.

Adiós Hernán. Gracias por los destellos.

Hernán Vera. Photo by Paolo Lüers, vía Museo de la Palabra y la Imagen @tejiendomemoria: “Hernán Vera, Maravilla en la quebrada donde escribió editoriales y arengas, hasta los jutes lo recordarán por siempre”. Foto tomada de http://milyuntropicos.wordpress.com
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